25 años de La Quinta Roja, un hotel para Garachico.

Una conversación con José y Paloma Moriana

Paloma y José Moriana, propietarios Hotel La Quinta Roja
Paloma y José Moriana, propietarios de La Quinta Roja

El 1 de noviembre de 2026, el Hotel La Quinta Roja cumple 25 años desde su apertura. Para celebrarlo, hemos reunido a José Moriana, fundador y propietario del hotel, y a su hija Paloma, directora de la casa desde su inauguración, para hacer memoria de dónde surgió este proyecto.

 

Esta es la historia que hay detrás de este hotel familiar, La Quinta Roja, que nació del compromiso de un garachiquense, José Moriana, y su familia con su pueblo.

 

De Pepito, el niño de Las Cruces...

Don José Moriana, Pepe para los amigos y Pepito para quienes lo conocieron de niño, nació en Garachico, en el barrio de Las Cruces, en los años de la posguerra.

«Nacer en Garachico te marca —nos cuenta—. Si tú naces aquí y te crías en ese ambiente, con esos amigos que crecen contigo, con los que aprendes a nadar, a pescar, a ver un lagarto, a ver una abubilla en el campo… Aprendes a que tu patio es toda la naturaleza desde Garachico hasta El Tanque. Y después aparece alguien que te empieza a hablar de la historia de Garachico, de cómo fue el puerto más importante de Canarias, y cómo aquí resurgieron no sé cuántos conventos y no sé cuántas órdenes religiosas, y que de aquí salió la milicia de Garachico que hizo que Nelson retirara sus barcos de Santa Cruz de Tenerife. Toda esa mezcla dentro de un niño inquieto como era yo, pues resulta que te da mucha identidad».

Ser hijo de un maestro, nacer en los años de escasez y penurias de la posguerra, y ser testigo de la emigración de vecinos y familia a Venezuela en busca de mejores condiciones de vida, le despertó una sensibilidad social que le ha acompañado a lo largo de su vida.

Pepe nunca ha perdido las raíces y el contacto con su gente, sus queridos amigos de la infancia, entre los que se encontraba Carlos Acosta, periodista, historiador y cronista oficial de Garachico, recientemente fallecido, al que nombró Condestable de La Quinta Roja en 2005.

A don José, el garachiquense distinguido

A finales de los 80, tras muchos años viviendo en Gran Canaria, desarrollando su carrera profesional en el mundo de la hotelería y el deporte, Pepe Moriana recibió un inesperado regalo de su pueblo, que lo nombró Garachiquense Distinguido, en reconocimiento a su trayectoria profesional.

 

En ese tiempo, Garachico estaba poniendo las bases para reconvertir su economía del sector primario a una economía de servicios basada en el turismo cultural, fundamentada en su importante patrimonio histórico.

 

Se habían dado los primeros pasos para atraer turismo a Garachico. Por aquellos años la familia Carayon había adquirido y rehabilitado la casa de la familia Ponte para convertirla en el primer hotel del pueblo, el Hotel San Roque. Fue por ese entonces cuando el ayuntamiento puso la casa del Marqués de La Quinta Roja en venta.

Una decisión tomada con el corazón

La casa palacio del Marqués de La Quinta Roja, de principios del siglo XVII,  era uno de los edificios más importantes del pueblo pero  se encontraba en un estado ruinoso. “En el suelo, con restos de incendios, con restos de animales”, recuerda Pepe. 

 

Por delante de esta casa pasó miles de veces de niño. Pepe recuerda a doña Chana, una mujer que vivía en una habitación de la planta alta y que cada día bajaba por la ventana un cesto atado a un hilo para que le compraran lo que necesitaba. Nunca le vio la cara.

 

También recuerda cuando venía desde Las Cruces  hasta  la tienda de la esquina para comprarle a su madre aceite y otras cosas. Allí le contaban las historias de las monjas que habían vivido en la casa del marqués durante cuarenta años tras la erupción volcánica que arrasó gran parte de Garachico y su convento.

 

Así que cuando “mucha gente de aquí me decía:» –nos cuenta– «Pepe, tú eres hotelero, tú eres de aquí, no dejes que esto se lo lleve un extranjero«, algo se removió dentro de él.

 

Esa frase actuó como disparador interno para él. El niño de Las Cruces que había crecido con las historias de la edad de oro de la Villa y Puerto de Garachico, convertido en empresario y hotelero,  decidió que quería contribuir al desarrollo de su pueblo y se embarcó en la aventura de devolverle la vida a esta casa emblemática.

Una restauración casi arqueológica

Estado de la casa antes de la restauración

Recuperar la casa palacio no fue una simple reforma, ya que se encontraba muy deteriorada, una labor que sus antiguos propietarios no habían podido afrontar por su alto costo.

 

En la restauración se conservó el 90 % de la estructura original, aunque exigió, en palabras de Pepe, «un repaso muy exhaustivo».

 

Para llevarlo a cabo, se trajeron a los únicos artesanos especializados en madera de tea de La Orotava, que instalaron su propia maquinaria para trabajar allí mismo, en lo que hoy es el comedor del hotel.

 

Solo el trastejado, rehacer por completo un techo de más de 300 años, supuso el 40 % del coste total de la rehabilitación.

 

Hubo piezas que parecían irrecuperables y que se pudieron salvar, como el aljimez desde el que antiguamente se veían entrar los barcos al puerto de Garachico, «prácticamente destrozado, casi inexistente», y hoy una de las joyas de la casa.

 

También hubo decisiones deliberadas de no restaurar del todo, como la mayoría de las puertas de las habitaciones, que son las originales. «Quería que se viera la vejez y la historia de la casa», explica Pepe. En las pocas que sí se sustituyeron, cuenta Paloma, «dejamos el dintel viejo y la puerta nueva, para que se aprecie la diferencia».

Paloma, la anfitriona de La Quinta Roja

Paloma Moriana, su hija, era por aquel entonces una joven que vivía y trabajaba en Las Palmas de Gran Canaria y que nunca había tenido planes de mudarse a Garachico.

«Yo le dije: Paloma, voy a hacer esto, ¿te interesa? Y me dijiste que sí, sobre la marcha», cuenta Pepe. Ella misma reconoce, entre risas, que aceptó «sin saber muy bien cómo era esto», y que al cabo de un año se preguntaba dónde se había metido: «venir de una ciudad a un pueblo, dice, «es mucho más difícil, no tienes todo cerca, tienes que organizarte de otra manera».

Aún recuerda el día que llegó con su coche cargado con todas sus cosas para instalarse en Garachico: era el 15 de enero de 2001.

25 años después, Paloma ya se siente garachiquense de adopción y sigue dirigiendo el hotel manteniendo el legado de su padre. Y para Pepe eso resume el proyecto entero: «Gracias a que viniste, esto es hoy lo que es. Dicen que cuando tú quieres una cosa, entregas lo mejor de tu vida, ¿no? Pues yo entregué a mi hija a Garachico para que siguiera esto».

La filosofía de la casa

Para su padre, Paloma no necesitó nunca ningún consejo sobre cómo recibir a un huésped: «Nació en un hotel, así que sabe lo que significa la buena hostelería: no es llevar platos ni hacer caja, es dejar el perfume, dejar cimientos. Como cuando un sastre te hace un traje a medida y te queda como un guante».

 

Ella lo resume desde su propia experiencia como viajera: «Yo hago lo que a mí me gusta cuando viajo: dar lo que te gustaría recibir. Aquí el cliente se siente como en casa. Es como tu invitado, como si tú invitaras a alguien a tu propia casa», dice Paloma.

Los cimientos de la idea

Meses antes de la apertura, Paloma empezó a conformar el equipo que le acompañaría en la apertura, y realizaron un curso de patrimonio histórico para conocer bien el pueblo y la historia de la casa, y numerosas rutas por la naturaleza para conocer a fondo el entorno.

 

La idea inicial de Paloma era organizar ellos mismos visitas guiadas y rutas para los huéspedes del hotel, pero «te das cuenta de que con el hotel solo ya tenías bastantes cosas. Entonces empezaron a surgir empresas de la zona que se especializaban en eso, y al final es mejor, porque tú contratas a esa gente, es local, das movimiento, y al final hay una sinergia entre las empresas de naturaleza y el hotel buenísima, y das más trabajo y más posibilidades a otra gente».

Una forma natural de vivir

Primer aniversario La Quinta Roja

Paloma aún recuerda las reuniones de trabajo en las que planteaban todas las ideas que querían poner en marcha. De una de esas lluvias de ideas surgió un eslogan que les ha acompañado a lo largo de estos 25 años y que resume la filosofía de La Quinta Roja: «Una forma natural de vivir». Un eslogan que no creó una agencia de publicidad, sino el propio equipo.

 

«No queremos estrellas, no queremos metres con uniformes relucientes, no queremos tonterías, no queremos cinco estrellas. Lo que queremos es vivir naturalmente, de la forma que nosotros sabemos hacer las cosas. Y la mezcla de la geografía, de la arquitectura, del arte, con las personas, de ahí salió eso», concluye Pepe.

 

La Quinta Roja es Garachico

Hablando con Pepe, queda claro enseguida que este proyecto nunca fue para él solo un negocio, sino un compromiso moral con su pueblo.

 

Para él, «esta casa tiene identidad de Garachico, tiene historia de Garachico, es Garachico. Este hotel es Garachico. (…)Y yo creo que no solamente nosotros, que somos los administradores de la finca, lo tenemos que cuidar —no solamente la forma física, la tea, los artesonados de los techos, la arquitectura—, sino también los garachiquenses tienen que cuidar esto, porque viene mucha gente a este hotel y se lleva un perfume de Garachico muy identitario. En los 25 años que estamos, Paloma ha conseguido que tengamos muchos clientes repetidores, y eso significa que hay una identidad que se transmite. No solo con el hotel, sino con Garachico, porque el hotel es Garachico».

Un hotel con identidad

Iglesia de Santa Ana desde La Quinta Roja

El cliente que viene aquí busca esa identidad, no un hotel impersonal.», nos cuenta Paloma mientras de fondo suenan las campanas de la Iglesia de Santa Ana.

Esa identidad única que diferencia a Garachico de cualquier otro lugar, a través de su historia, sus gentes, su gastronomía, sus tradiciones..

Una casa abierta al conocimiento

Ambos recuerdan con cariño los congresos que organizaron en los inicios del hotel. El objetivo, comenta Pepe, «era seguir un camino que teníamos más o menos trazado de dar a Garachico no solamente el carácter folclórico y de verbena, sino un carácter más intelectual, más rancio, más identitario de todos los que nos habían precedido antes, ya fueran clérigos, militares, pescadores, agricultores, etc.».

Entre estos muros con historia se debatió de vulcanología, de otras ciudades que también han superado catástrofes naturales e incluso se buscó el sentido de la palabra alegría. Y vinieron filósofos, científicos y vulcanólogos, representantes de Pompeya, Biescas o Venezuela, y hasta el obispo.

La energía que impregna el hotel

Plaoma hablando con los clientes

Si hay algo en lo que todos los huéspedes coinciden cuando hablan del hotel es que este lugar tiene una energía especial que les hace sentirse como en casa.

 

«Los clientes se sienten muchas veces así, como si estuvieran en su casa. Y bueno, yo estoy aquí mucho, pero si no tuviera el personal que tengo, no se podría hacer, olvídate», cuenta Paloma.

 

«Tú sabes que hay mucha gente que cree en las energías y mucha que no. Pues todo el mundo que viene aquí dice que hay unas energías positivas. Entonces yo siempre digo que esa energía positiva la tengo yo, porque vengo a trabajar todos los días», dice Paloma entre risas.

25 años de turismo en Garachico

En estos 25 años Garachico ha cambiado mucho. Pepe pone como ejemplo el cambio que ha sufrido Las Cruces, el barrio en que nació, en el que las casas de los primeros colonos se han convertido en viviendas vacacionales y se ha llenado de extranjeros.

 

«En estos 25 años, otra cosa que ha cambiado es la cantidad de aforo que entra a Garachico —cuenta Paloma—. Y al final vivimos de los clientes, pero viene demasiada gente. Yo creo que ha sido global. Hay que saberlo gestionar —es lo que decimos siempre—, hay que saberlo gestionar para que no parezca otro sitio más, sino que sea particular, que vengan a ver Garachico porque es algo que no hay en otro sitio».

 

Pepe añade: «No tenemos nada que decir en contra de la evolución, pero se está perdiendo un poco el carácter genuino. No se debe perder la identidad de uno, uno se puede volver loco. Y hoy hay mucha gente, y podemos perder la identidad con tanta gente. Y podemos morir de éxito».

El alma de la casa

«Nuestra meta ahora —expone Pepe— es conservar esto, seguir enseñándolo como la esencia fundamental de una época que vivió Garachico de esplendor, y de saber hacer las cosas con gracia, con arte, con compromiso diría yo, y que lo vamos a intentar cuidar. Y sobre todo porque tenemos un personal que es la materia prima, el activo de toda esta casa, el alma de toda esta casa, que la hace funcionar con la esencia misma de Garachico, con la esencia misma de la casa, y con la esencia misma de la alegría de servir, de que te sientas bien en mi pueblo porque yo te estoy atendiendo».

Un futuro con historia

Pepe concluye: «Nosotros tenemos la obligación de mantener esto, porque es un patrimonio, es historia propia de Garachico. Posiblemente de los edificios antiguos, el mejor conservado, y el que más se puede mostrar a la gente como un trozo de la historia de Garachico, que es personalidad y entidad misma del espíritu de Garachico».

 

«La historia es una mercancía muy interesante: si tienes historia, tienes que estar orgulloso de tenerla, porque eso es un activo. Entonces, aquí estamos, hasta que Dios quiera, hasta que Paloma quiera».

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